
La médica de los chiquitos de las villas
Revisa y pesa a los chicos. Da charlas a las madres. Les lleva ayuda y afecto
Por MARIANA IGLESIAS. De la Redacción de Clarín
Me llamo Silvia Báez. Tengo 33 años, estoy casada, tengo dos nenas y soy pediatra. No soy del Estado, ni del Gobierno ni de la Municipalidad. No me manda nadie; estoy acá para escuchar sus necesidades y ayudarlos. Entrar a una villa no es fácil. Pero puede ser algo simple y natural si se llega con palabras adecuadas y buenas intenciones.A Silvia ya la conocen y la esperan. Cuando aparece, inquieta, con su gran sonrisa, también con alimentos, todos la reciben con un beso. Y con mucho respeto. Médica de jeans y cara lavada, sabe que su lugar está en las villas, lejos de las clínicas privadas y cerca de los pobres. A las otras clases yo no puedo aportarles nada. Acá soy útil, dice, con los zapatos hundidos en el barro entre casas precarias.Muy lejos de la asepsia de un quirófano, sus sueños de ser cirujana pasaron a ser un recuerdo cuando vio lo que hacían los pediatras, mientras estudiaba. Estar cerca de los nenes es lo mejor que le puede pasar a alguien. Es un trabajo muy sensible. Si se muere un chico que atendiste, es terrible. Pero si lográs salvar a uno, es una satisfacción enorme, inexplicable.Una vez decidida a seguir pediatría, Silvia hizo su residencia en el hospital Posadas, en Haedo. Tenía 26 años cuando pisó por primera vez una villa, la Carlos Gardel: No sentí miedo ni rechazo. Todo lo contrario. En seguida me di cuenta de que ése era mi lugar.Una especialización en infectología pediátrica la llevó a trabajar durante unos tres años en el hospital Gutiérrez, pero en cuanto pudo volvió a lo suyo. Así, a principios del 96 empezó a ir dos villas de Tigre: la 60 y El Ahorcado.Allí la marginalidad es impresionante. Cuando hay inundaciones, las villas se vuelven impenetrables. Las distancias son peligrosas, porque todo queda lejos, todo es difícil. Sólo llegar al Centro de Salud es cuestión de horas y le sale cinco pesos a cada persona, explica Silvia. Y deja de lado que para ella también es complicado ir todos los días hasta allá desde Caballito, donde vive con Eduardo, su esposo, traumatólogo, y sus nenas Daniela, de 6 años, y Florencia, de 2.Volver cada noche y encontrarse con su familia en el departamento de Doblas y Guayaquil es como un refugio después de ver y escuchar miserias y problemas durante todo el día. Al hablar con los nenes y las mamás se arman lazos afectivos muy profundos. Y uno se pone mal, se deprime, y te llevás todas estas cargas a tu casa. Pero vale la pena: son seres humanos que necesitan contención, ayuda, amor.La cara del hambreEn sus caminatas por las villas de Tigre, donde se topó con cientos de chiquitos hambrientos, Silvia empezó a pensar qué otra cosa se podía hacer para cambiar, aunque sea en algo, la situación de estos nenes que comen lo que pueden y cuando pueden. Charlando con otras personas que también estaban allí sólo guiadas por pasión y espíritu de ayuda, planeó un programa contra la desnutrición.Se conectaron con el Instituto de Cultura Solidaria y con la Red Solidaria y así, a fines del año pasado, nació Nutrir, un plan que tiene varias etapas. Para la primera lograron el financiamiento de una fundación norteamericana; para las que faltan, todavía esperan ayuda. Parte de todo lo que hace Silvia junto a Guillermo Di Mella, asistente social, y Nilda Pérez, psicóloga, es recorrer villas para hacer un diagnóstico del estado de desnutrición de bebés, hasta chicos de 5 años.Compramos todos los elementos necesarios para medir, pesar y revisar a todos estos chiquitos. A muchos nunca los vio un médico y otros sólo fueron alguna vez a la salita del barrio, explica. Y los resultados no son muy felices: después de ver a casi mil nenes y bebés de cinco villas -Ciudad Oculta, Bajo Flores, la 24 de Pompeya, la 22 de Enero de La Matanza y El Ceibo de José C. Paz- los números dicen que el 15 por ciento está desnutrido. Y la cifra se duplica en la provincia, donde van a implementar el plan en otras villas.Una vez que tiene los datos, Silvia va a una villa por día para encontrarse con las madres de los chiquitos desnutridos. Son talleres en los que hablamos de la alimentación, de los horarios de las comidas, de los controles que hay que hacerles a los chicos, pero sobre todo de la importancia de la relación con los hijos.Esto puede parecer obvio, pero Silvia lo remarca porque cuando hay un chico desnutrido hay una alteración en el vínculo madre-hijo. Puede ser dejadez, abandono. Siempre se trata de carencias, y no son sólo de comida sino también afectivas.Más allá de las charlas y de la idea de levantar un consultorio en cada villa, Silvia también sabe de la urgencia del hambre. Y para ayuda concreta ya consiguió un galpón en Munro donde entran 4 toneladas de comida. Por ahora está vacío.

2 comentarios:
Me parece sumamente interesante que se difunda este tipo de experiencias, porque evidencia la responsabilidad que tenemos frente a la necesidad. Te aliento a continuar!!!
gracias paulita
besotes
Dani
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