31/10/09

TRABAJANDO


La médica de los chiquitos de las villas






Revisa y pesa a los chicos. Da charlas a las madres. Les lleva ayuda y afecto






Por MARIANA IGLESIAS. De la Redacción de Clarín
Me llamo Silvia Báez. Tengo 33 años, estoy casada, tengo dos nenas y soy pediatra. No soy del Estado, ni del Gobierno ni de la Municipalidad. No me manda nadie; estoy acá para escuchar sus necesidades y ayudarlos. Entrar a una villa no es fácil. Pero puede ser algo simple y natural si se llega con palabras adecuadas y buenas intenciones.A Silvia ya la conocen y la esperan. Cuando aparece, inquieta, con su gran sonrisa, también con alimentos, todos la reciben con un beso. Y con mucho respeto. Médica de jeans y cara lavada, sabe que su lugar está en las villas, lejos de las clínicas privadas y cerca de los pobres. A las otras clases yo no puedo aportarles nada. Acá soy útil, dice, con los zapatos hundidos en el barro entre casas precarias.Muy lejos de la asepsia de un quirófano, sus sueños de ser cirujana pasaron a ser un recuerdo cuando vio lo que hacían los pediatras, mientras estudiaba. Estar cerca de los nenes es lo mejor que le puede pasar a alguien. Es un trabajo muy sensible. Si se muere un chico que atendiste, es terrible. Pero si lográs salvar a uno, es una satisfacción enorme, inexplicable.Una vez decidida a seguir pediatría, Silvia hizo su residencia en el hospital Posadas, en Haedo. Tenía 26 años cuando pisó por primera vez una villa, la Carlos Gardel: No sentí miedo ni rechazo. Todo lo contrario. En seguida me di cuenta de que ése era mi lugar.Una especialización en infectología pediátrica la llevó a trabajar durante unos tres años en el hospital Gutiérrez, pero en cuanto pudo volvió a lo suyo. Así, a principios del 96 empezó a ir dos villas de Tigre: la 60 y El Ahorcado.Allí la marginalidad es impresionante. Cuando hay inundaciones, las villas se vuelven impenetrables. Las distancias son peligrosas, porque todo queda lejos, todo es difícil. Sólo llegar al Centro de Salud es cuestión de horas y le sale cinco pesos a cada persona, explica Silvia. Y deja de lado que para ella también es complicado ir todos los días hasta allá desde Caballito, donde vive con Eduardo, su esposo, traumatólogo, y sus nenas Daniela, de 6 años, y Florencia, de 2.Volver cada noche y encontrarse con su familia en el departamento de Doblas y Guayaquil es como un refugio después de ver y escuchar miserias y problemas durante todo el día. Al hablar con los nenes y las mamás se arman lazos afectivos muy profundos. Y uno se pone mal, se deprime, y te llevás todas estas cargas a tu casa. Pero vale la pena: son seres humanos que necesitan contención, ayuda, amor.La cara del hambreEn sus caminatas por las villas de Tigre, donde se topó con cientos de chiquitos hambrientos, Silvia empezó a pensar qué otra cosa se podía hacer para cambiar, aunque sea en algo, la situación de estos nenes que comen lo que pueden y cuando pueden. Charlando con otras personas que también estaban allí sólo guiadas por pasión y espíritu de ayuda, planeó un programa contra la desnutrición.Se conectaron con el Instituto de Cultura Solidaria y con la Red Solidaria y así, a fines del año pasado, nació Nutrir, un plan que tiene varias etapas. Para la primera lograron el financiamiento de una fundación norteamericana; para las que faltan, todavía esperan ayuda. Parte de todo lo que hace Silvia junto a Guillermo Di Mella, asistente social, y Nilda Pérez, psicóloga, es recorrer villas para hacer un diagnóstico del estado de desnutrición de bebés, hasta chicos de 5 años.Compramos todos los elementos necesarios para medir, pesar y revisar a todos estos chiquitos. A muchos nunca los vio un médico y otros sólo fueron alguna vez a la salita del barrio, explica. Y los resultados no son muy felices: después de ver a casi mil nenes y bebés de cinco villas -Ciudad Oculta, Bajo Flores, la 24 de Pompeya, la 22 de Enero de La Matanza y El Ceibo de José C. Paz- los números dicen que el 15 por ciento está desnutrido. Y la cifra se duplica en la provincia, donde van a implementar el plan en otras villas.Una vez que tiene los datos, Silvia va a una villa por día para encontrarse con las madres de los chiquitos desnutridos. Son talleres en los que hablamos de la alimentación, de los horarios de las comidas, de los controles que hay que hacerles a los chicos, pero sobre todo de la importancia de la relación con los hijos.Esto puede parecer obvio, pero Silvia lo remarca porque cuando hay un chico desnutrido hay una alteración en el vínculo madre-hijo. Puede ser dejadez, abandono. Siempre se trata de carencias, y no son sólo de comida sino también afectivas.Más allá de las charlas y de la idea de levantar un consultorio en cada villa, Silvia también sabe de la urgencia del hambre. Y para ayuda concreta ya consiguió un galpón en Munro donde entran 4 toneladas de comida. Por ahora está vacío.

DEBAJO DE LA ALFOMBRA

¿Cuántas veces miramos a través de la ventanilla la cantidad de hectáreas abandonadas, grandes terrenos, pastizales coloridos que denotan tierras fértiles?

¿Acaso podríamos imaginar en esos lugares instituciones, edificios o viviendas? ¿Planes de capacitación en diferentes áreas, electricidad, albañilería, sistemas, plomería, técnicas agropecuarias?

Si de gente en situación de calle se trata, ¿es posible imaginar estas hectáreas con esa misma gente, capacitando, aprendiendo, construyendo, acompañando?

Qué hermoso es nuestro país

Ciudades colmadas de parques, plazas, plazoletas, cerros coloridos; montañas nevadas, lagos, ríos y mar.

En contraste, carros llenos de plásticos, botellas y papeles. Gente armando “su habitación” con tres cartones, un colchón, una frazada; en la puerta de algún hospital, en el techo de algún kiosco… Se acurrucan, se juntan, dándonos una cátedra viviente sobre el ser social del hombre. Nenes arrastrando bolsas llenas de cacharros que pudieron juntar con su mamá.

Gente dormida en las veredas, tal vez borracha, tal vez drogada, tal vez cansada de caminar para pasar el frío, el día, el presente… Son los mismos que vemos todos los días: los “cuidadores de autos”, los vendedores de pochoclo, de garrapiñada, de tarjetitas de amor y amistad en el tren y en los colectivos.

Hoy tal vez pueda llover, habrá que buscar plásticos y bolsas para cubrirse, o tal vez, del rocío en el frío de la madrugada, que humedece sus frazadas.

Son ellos también, los que forman parte de nuestro hermoso escenario, adornado y pintado, ellos también forman parte de nuestra prospera argentina.

¿Que hacemos con nuestros “locos”, nuestros enfermos mentales?

El estado actual de salud pública está muy grave. Las políticas de salud mental presentan patologías crónicas de alto riesgo.

Los intereses económicos de los laboratorios y los prestadores privados son quienes intentan aplacar el padecer medicalizando a los sujetos, ejecutando políticas privatizadoras, que concluyen en el deterioro y la restricción de la atención en salud, hoy sostenida en las espaldas de profesionales trabajando en forma gratuita.

¿Que hacemos con nuestros adictos en situación de calle?

Frente a nuestros actuales funcionarios del gobierno con propuestas de políticas “PRO”, europeas, para el tratamiento de la droga como una enfermedad; despenalizando el consumo y penalizando a los traficantes.

Si en eso está preocupado nuestro Estado, ¿dónde encontramos un departamento para el tratamiento de adicciones, en los hospitales públicos?

Los centros de adicciones no dan abasto. Afuera los espera una larga fila de nombres y apellidos anotados, que un día decidieron no tomar más, no fumar más, cambiar, formar una familia. Pero no hay lugar para empezar.¿podrá esperar esta enfermedad?.

Propongo escuchar además de oír, no dejarnos aturdir por la publicidad. Entender, además de juzgar, hablar, gritar, exigir al Estado el compromiso en el sostenimiento presupuestario de la salud pública, como de las instituciones, centros con políticas eficientes y eficaces en inserción laboral y el trabajo cotidiano de cada uno de nosotros por la transformación, gritando por aquella voz silenciosa que quiere dignidad.